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Nuestra visión

Nuestra visión

El  colegio STELLA MARIS COLLEGE & PREP SCHOOL lo  gestionan los Discípulos de los Corazones de Jesús y María, un instituto religioso de la Iglesia católica centrado en la educación y las familias.

Nuestra visión educativa parte de la intuición de la vida grande y bella a la que Dios llama a cada niño para que florezca en cada etapa.

Buscamos que el niño se abra a la verdad, adquiera la laboriosidad y la gratitud, viviendo en amistad con Dios.

Ideario de Stella Maris

Si quiere tener el proyecto pedagógico completo, pulse el siguiente enlace.

Los Discípulos comienzan su andadura en 1987 y son eregidos canónicamente en 2002.

Desde su inicio, los Discípulos hemos visto nuestra  misión al servicio de la familia, acompañándola para que viva plena, favoreciendo un ámbito educativo y también asociativo y parroquial.

Actualmente varios discípulos estamos dedicados a nuestro Colegio Stella Maris La Gavia en Madrid. Otros enseñamos en facultades de teología y filosofía de Roma, Madrid y Washington DC. Y el resto trabajamos en parroquias en Denver, Arlington y Madrid.

Nuestra visión, de raíz ignaciana, se centra en el misterio del Corazón de Cristo y su llamada a vivir en amistad con Él al servicio de la Iglesia. Entendemos que la amistad con Cristo hace grande y bella nuestra vida y la de cada hombre, por lo que ayudar a otros a vivir esta amistad y a crecer en ella es nuestra gran pasión.

Nos la explicó el Señor: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Nuestra estrategia se basa en la educación del corazón: de los afectos, de los deseos, de la visión, de las relaciones en las que vivimos, aprendiendo a plasmarlas según el Corazón de Cristo.

Nos tomamos muy en serio las relaciones que constituyen la persona: filiación, fraternidad, esponsalidad, paternidad, amistad.

Los Discípulos  estamos presentes  actualmente en tres naciones: España, Italia y Estados Unidos.

Aprender de Cristo es nuestra pasión. Aprender no en una relación académica, sino en una comunión de vida con El. Por eso nuestro discipulazgo se puede expresar en tres palabras: contemplación, comunión y servicio.

  • Contemplación de Cristo, cuyo costado abierto nos revela el inmenso amor del Padre y nos invita a entrar en la intimidad de Dios.
  • Comunión de vida con el Maestro, aprendiendo de María a vivir el amor de Dios en la amistad con Cristo. De este modo todas las dimensiones de la persona (inteligencia, afectos, voluntad, deseos, corporeidad, corazón, relaciones) quedan transformadas por el amor de Cristo.
  • En servicio a la Iglesia. A través del trabajo diario buscamos que el amor de Dios se difunda, llevando a las personas al Corazón de Jesús, y ayudándoles a hacer grandes y hermosas sus vidas en la amistad con Cristo.

Nuestro logo está formado por la “Cruz Discipular” y las letras griegas alfa y omega.

El palo vertical, que representa el amor de Dios, se abre al encontrar el palo horizontal, que representa el amor al hombre. Amor de Dios y amor del hombre se entrecruzan y abren un espacio. Es el espacio de la Eucaristía. Nuestras custodias reflejan este misterio: es posible mantener la unidad del amor a Dios y el amor al hombre gracias al don de Cristo, que se entrega por nosotros, y en su entrega suscita un amor nuevo, a Dios y al hombre, capaz de integrar en él todas nuestras dimensiones.

El logo se completa con las letras alfa y omega, con las que inicia y concluye el alfabeto griego, flanqueando la cruz. En el misterio del amor de Cristo que se entrega por nosotros, encontramos el culmen del plan de Dios, presente ya en el origen.

Cristo es el inicio y el fin. Dios nos pensó a cada uno de nosotros, amados en el Hijo, redimidos por Él, para que Él nos lleve a participar de la plenitud de amor con que Él es amado por el Padre en el Espíritu.

Ya desde la antigüedad la educación era vista como aprender el arte de vivir, un arte que tenía como objetivo suscitar en el niño y en el joven la grandeza y nobleza de la vida. El pedagogo fue comparado con las parteras: su arte era ayudar a que nazca la persona. A esto se dirige todo el arte del maestro: que el educando pueda nacer a una vida grande y bella, auténticamente personal, asumiendo las responsabilidades que le corresponden en el conjunto de relaciones que le constituyen.

No se trata solo de que adquiera una serie de conocimientos, ni una serie de habilidades o destrezas, sino de que sea capaz de entender qué hace buena y bella la vida, y realizarla, cumplirla, logrando colmar su vida en plenitud.

Se inicia así un maravilloso proceso en la persona: el proceso por el cual va integrándose paulatinamente en las relaciones familiares, de compañeros de colegio, de amistad, de barrio, de deporte, de trabajo, de fe, de ocio, en las que podrá vivir una plenitud humana según las etapas de su vida.

Para ello es preciso que el niño, ya desde los primeros años, vaya siendo educado en determinados rasgos de carácter que le permitirán poder apreciar, sentir, querer y comprender lo que es su plenitud.

Enseñar cualquier asignatura es ayudar a que los alumnos comprendan la relación que existe entre lo que viven con el sentido global: esto es, la relación de la parte que estudian con el todo de una vida.

Educar no es solo informar de unos contenidos, sino ayudar a ver la relación de esos contenidos con la Verdad última, con su puesto en el plan de Dios. O lo que es lo mismo, su relación con la resurrección final en Cristo a la que estamos llamados cuando toda la creación y la historia serán transformados. Educar en la verdad es educar en la visión, en la visión que aprende a mirar desde la plenitud de una vida.

Para ello es preciso ofrecer una visión de racionalidad abierta (Benedicto XVI), que supere el prejuicio ilustrado que reduce lo racional a lo experimental. Por el contrario, en una concepción abierta de razón se aprecia el modo en que fe y razón caminan juntas y se complementan juntas.

La razón permite al alumno ahondar en la experiencia humana, gracias a los por qués y para qués que cada asignatura le plantea, encontrando su verdad; esta verdad es armónica y está siempre abierta a un misterio más grande. De ahí que la razón no es contraria ni ajena a la fe: el pensar (To think), como apertura a una luz que se nos da y nos permite ver más, ha de partir siempre de un agradecer (To thank) que abre a una mirada integral (sabiduría) propia de una verdadera investigación.